Gracias por estar aquí. Si es la primera vez que me lees, aquí escribo sobre lo que he aprendido para sufrir menos y también sobre cuando sigo sufriendo. Hoy te cuento el sufrimiento que me genera el miedo a parecer débil.
Lo que comparto nace de mi interpretación de las enseñanzas de Oneness y de mi propia experiencia.
Me acabo de hacer una sesión de fotos. Es la segunda sesión que me hago yo sola como regalo para mí. La primera fue para tener fotos profesionales porque empezaba a escribir en el periódico nacional y quería verme pro. Esta la hice para recordarme que me veo bonita con el pelo corto y después de una mastectomía.
Tampoco es la primera vez que tengo el pelo corto. Cuando regresé de México, después de una separación, también me lo corté. Pero esa vez lo tuve corto por decisión propia; esta vez yo no lo decidí.
Al iniciar la quimioterapia, el pelo era una de mis principales angustias. Con el paso del tiempo, me fui preguntando qué era lo que realmente me preocupaba, y la respuesta era: que la gente me viera enferma, que las personas sintieran lástima por mí.
En conclusión, era otra vez ese diálogo interno autoexigente que me prohibía estar enferma porque eso contradecía la idea de perfección.
El diálogo decía:
Te vas a ver enferma.
Las personas se van a dar cuenta.
No te puedes ver así.
Eso te debilita.
Metida en la obsesión, empecé a fijarme en cosas que antes no notaba. Salía a la calle y, de repente, comenzaron a aparecer mujeres con pañuelos en la cabeza. Quizás antes no las veía, pero, como cargaba encendida la alerta de cómo te ves sana versus cómo te ves enferma, empecé a darme cuenta.
El diálogo interno nos lastima a todos justo donde más nos duele. Conozco mujeres a las que, por otro lado, les gustaba que se notara que estaban atravesando un tratamiento oncológico porque eso les permitía recibir más cuidado y apoyo.
A mí me ocurría lo contrario. Yo quería que nadie lo notara, porque mi diálogo interno asociaba verme enferma con verme débil.
Al final, ninguno de los dos extremos nos lleva a ningún lado, porque mientras creamos ese diálogo interno que nos dice cómo deberíamos vernos o qué deberíamos sentir, estaremos en sufrimiento. Es como convivir diariamente con Gollum, de El Señor de los Anillos, susurrándonos al oído, exagerando nuestros miedos y convenciéndonos de que hay algo malo en nosotros.
A veces nos dice que debemos vernos fuertes. Otras veces, que necesitamos que los demás noten cuánto estamos débiles. Cambia el discurso, pero el mecanismo es el mismo: siempre encuentra una razón para que el momento presente no sea suficiente.
La salida no está en discutir con esa voz ni en obligarla a desaparecer. Está en reconocerla, verla como lo que es y dejar de creer automáticamente todo lo que dice.
Cuando aparece el pensamiento “te ves enferma”, puedo observarlo y dejarlo pasar. Cuando dice “no puedes verte débil”, puedo recordar que es solo una voz automática intentando proteger una imagen ilusoria sobre quién soy. No necesito reemplazarla por otra frase más bonita ni convencerme de que todo está bien. Solo necesito darme cuenta: “Ah.. ahí está otra vez el diálogo interno”.
Además, me permito sentir lo que haya debajo de esa idea: miedo, tristeza, vulnerabilidad. Sin juzgarlo. Sin esconderlo. Sin convertirlo en una nueva exigencia.
Entonces puedo tomarme las fotos porque desde mi corazón me hacen ilusión y quiero hacerlo, no porque quiera demostrar algo ni porque quiera que me vean de cierta manera. Así se convierten en un regalo para mí, que recibo con agradecimiento. De lo contrario, empezaría a juzgarme y a decirme cómo debería ser.
¡Hasta la próxima!
Karen




