Dicen que el primer paso para dejar de sufrir es darte cuenta de que estás sufriendo.
Pasa en las relaciones y también pasa en la vida. Llevas años con una pareja y, de repente, comprendes que ya no puedes más y que debes salir de ahí. Habías vivido una tortura de la que todos parecían ser conscientes, menos tú.
Con el sufrimiento personal ocurre algo parecido. Te pasas la vida sintiendo ansiedad, estrés, frustración, envidia, enojo, celos… sepa Dios cuántas emociones —tengo un diccionario que contiene más de setecientas—, resistiéndote a ellas y pensando que es normal vivir así.
Hasta que un día tocas fondo y decides que ya no puedes más. Entonces intentas salir de ahí. Sin embargo, salir no es tan fácil. Tampoco lo es dejar una relación tóxica.
Tu cuerpo se ha habituado a los químicos que producen las emociones que experimentas constantemente. La gente se ha acostumbrado a percibirte de cierta manera y no cree que puedas ser diferente. Tú misma has llegado a creer que eres eso que los demás dicen.
Pero permanecer en el mismo lugar, sin siquiera intentar salir, resulta demasiado peligroso.
Así que decides arriesgarte.
En el año 2000, mientras caminaba por el Parque México, le dije a una amiga:
—El mundo es muy cruel. Aquí solo se viene a sufrir.
Ella me respondió:
—Hay otra manera de vivir.
A los pocos días comencé un viaje de introspección que todavía no termina. Empecé también a entrenar mi cerebro en el arte de observar los pensamientos.
Durante los siguientes dos años me mudé de país, me divorcié, crucé una frontera con la ayuda de un migrante, llegué a mi ciudad natal sin un quinto, regresé a vivir a casa de mi mamá y, tiempo después, alquilé una casa con mi hija.
Todo eso… sufriendo menos.
Había aprendido a tomar cierta distancia del sufrimiento. Mi cuerpo comenzaba a familiarizarse, aunque fuera por momentos, con estados de calma, dicha, amor y paz.
Había aprendido a sufrir menos.
Al poco tiempo, volví a casarme. Tuve a mis otros dos hijos, cursé dos maestrías e inicié una trayectoria profesional en corporaciones y organizaciones. Publiqué un libro sobre transformación empresarial y construí una reputación profesional.
Luego entré a trabajar a una corporación que amaba. Dos meses después de haber recibido una retroalimentación positiva por mi desempeño, me despidieron como parte de un proceso de downsizing. Todo lo que había construido alrededor de mi identidad profesional se desmoronó.
Aunque mis amigos me decían que lo que había sucedido era una cabronada, no me permití enojarme. Enterré el enojo con solo tristeza. Lloré durante varias semanas, pero enterré la rabia.
Seis meses después me diagnosticaron cáncer de mama. Todavía continúo en tratamiento.
El diagnóstico me sacudió por completo porque, aunque había aprendido a sufrir menos, también me había atrapado en la fantasía de que debía ser demasiado “perfecta” como para enfermarme o enojarme.
De alguna manera, había confundido sufrir menos con dejar de ser humana.
Bullshit.
Aceptar la enfermedad y el tratamiento me tomó alrededor de dos meses, un periodo que, además, estuvo acompañado de fiebre intermitente debido a algunas complicaciones.
Aún hay momentos en los que me cuesta aceptar el ritmo de ir al centro de quimioterapia cada tres semanas para recibir una infusión con un medicamento que me deja dolor de cuerpo. Sin embargo, cada vez opongo menos resistencia, porque resistirme solo añade más sufrimiento. Además, la medicina está ahí para salvarme.
Han pasado veintiséis años desde la primera vez que me interesé en aprender a sufrir menos.
Desde entonces, he profundizado en enseñanzas milenarias y, durante los últimos quince años, he formado parte de la comunidad de la Oneness, una escuela de transformación en la que aprendemos a cultivar la atención plena y la aceptación.
La mayoría de las reflexiones que encontrarás aquí están inspiradas en esas enseñanzas, con la salvedad de que lo que comparto es siempre mi interpretación y mi experiencia.
Entonces… ¿sufro menos?
Sí.
Sufro menos que hace veintiséis años, incluso en medio de los retos de la vida. Ya no me deprimo ni me pierdo durante meses en un océano de pensamientos destructivos.
Tengo altas y bajas, pero disfruto mucho más de la vida.
De vez en cuando todavía me dejo arrastrar por un torbellino de pensamientos y emociones, pero ahora logro salir más rápido. Los dos meses que pasé sufriendo y resistiéndome al diagnóstico del cáncer de mama no son nada en comparación con el tiempo que antes podía permanecer atrapada en el sufrimiento.
Ahora vivo la vida sufriendo menos.
Para llegar hasta aquí me he dado de frente contra la pared. Me he tropezado, he caído y me he levantado. Han sido años de práctica, prueba y error.
Por eso he creado esta publicación: para compartir, desde mi experiencia, lo que he aprendido y lo que sigo aprendiendo para vivir con mayor claridad, aceptación y dicha.
No se trata de vivir una vida sin dolor.
Se trata de aprender a vivirla con menos sufrimiento.
En este espacio reflexionaremos sobre algunas ideas esenciales:
Solo existen dos estados internos: sufrimiento y no sufrimiento.
Creer automáticamente todos los pensamientos genera sufrimiento.
Resistir las emociones genera sufrimiento.
Dejar de sufrir comienza con la aceptación.
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Gracias por estar aquí.
Karen





Gracias por compartir tanto de ti. Es muy necesario leerte.
Hola, Karen.
Muchísimas gracias, por compartir con tanta honestidad un camino tan humano, vulnerable y lleno de aprendizaje.
Tu escritura invita a mirar el sufrimiento con más ternura y a recordar que aceptar lo que sentimos también puede ser una forma de cuidarnos.
Gracias de veras por un texto tan necesario.