AVISO DE CONTENIDO: QUIMIOTERAPIA
Si estás por empezar o estás en un tratamiento con quimioterapia, esta publicación puede ser sensible para ti y quizás prefieras no leerla. Cada experiencia es diferente y no todos los días son difíciles. Si puedo ayudarte en algo, puedes escribirme.

Al día siguiente de recibir la primera quimioterapia de mi vida, decidí ir a una reunión de trabajo que no era imprescindible. En medio de mi negación, por lo menos acepté que me llevaran y no conduje.
Como parte del small talk que tuve con una gerente, le conté la experiencia de la quimioterapia y que, aunque estaba un poco cansada, no me sentía del todo mal; que en realidad podía seguir activa y que quería seguir trabajando porque no podía estar sin hacer nada.
Ella me contó que le estaba costando atravesar un duelo y yo, desde mi experiencia de más de 20 años practicando la meditación y la atención plena (ajá), le di un par de consejos sobre la aceptación radical, mientras yo misma me resistía a aceptar que tenía cáncer y que acababa de recibir mi primera quimioterapia.
Yo hablaba de aceptación mientras hacía todo lo posible por no aceptar lo que me estaba pasando.
Salí de la reunión y fui a casa de mis suegros para que me vieran “bien”. Después ya no recuerdo muy bien qué hice, porque al día siguiente empecé con una fiebre de más de 39 °C.
Resulta que la quimioterapia había debilitado mi sistema inmune y reactivado una tuberculosis que estaba latente. Así que, ya no solo tenía cáncer: también tenía tuberculosis.
El cuadro siguió complicándose. Aunque ya había iniciado el tratamiento para la tuberculosis, la fiebre no bajaba, así que me siguieron haciendo exámenes y resultó que también tenía una bacteriemia. Al final tuve fiebre por dos meses y terminé hospitalizada sin hacer… “nada”.
La enfermedad me obligó a detenerme cuando yo todavía estaba intentando demostrar que podía seguir. No quería hacerlo, pero tuve que parar.
Estuve prácticamente sin hacer “nada” durante dos meses.
Si toda la vida había estado haciendo, resolviendo, creando, desarrollando, entonces, ¿quién era cuando tenía que parar?

No diré que he incorporado todos los aprendizajes de este proceso, porque no es así. Además, el tratamiento aún continúa. Sin embargo, de alguna manera, he aprendido que puedo amarme y que sigo siendo valiosa incluso cuando estoy tirada en una cama simplemente viviendo.
Me di cuenta de que exigirme hacer todo el tiempo, es una forma de sufrimiento. Porque el no hacer empieza a sentirse como insuficiencia.
Se activan pensamientos como:
“No deberías descansar”.
“Si no haces, no eres nadie”.
“Eres floja”.
“Deberías estar haciendo algo útil”.
“Los demás sí pueden con todo y tú no”.
“Tienes que aprovechar el tiempo”.
Algunos pensamientos funcionan como altoparlantes de los mensajes que durante años he recibido sobre cómo aprovechar mejor el tiempo, cómo ser más productiva, cómo ser MEJOR.
¿Entonces, en donde está mi valor cuando tengo que parar?
Está en atreverme a vivir con atención plena aunque esté postrada en una cama, en sentir y experimentar el dolor y mis emociones, en la conexión que puedo cultivar conmigo misma y con los otros. En sentirme suficiente aunque tenga que parar.
Así que ahora, cuando estoy inquieta por hacer me pregunto:
¿Estoy haciendo esto desde la suficiencia o estoy tratando de mantenerme ocupada porque siento que no soy suficiente?
¿Qué te dices tú?
¡Nos vemos el próximo domingo!
—Karen
Gracias por estar aquí. Si es la primera vez que me lees, aquí escribo sobre lo que he aprendido para sufrir menos y también sobre cuando sigo sufriendo. Estas reflexiones nacen de mi interpretación de las enseñanzas de Oneness y de mi propia experiencia.



