Gracias por estar aquí. Hoy les comparto porque convertir todo en un campo de batalla, nos genera sufrimiento.
Si es la primera vez que me lees, aquí escribo sobre lo que he aprendido para sufrir menos y también sobre cuando sigo sufriendo.
Lo que comparto nace de mi interpretación de las enseñanzas de Oneness y de mi propia experiencia.
En el lenguaje popular, a quienes estamos atravesando un tratamiento contra el cáncer suelen llamarnos guerreras, y la verdad es que no me gusta. Aunque amigos y familiares utilizan esa palabra para darnos ánimo, al final pertenece a un lenguaje bélico y competitivo.
Bajo esos términos, la enfermedad es una batalla y los pacientes somos soldados. Soy yo contra el enemigo que ataca mi cuerpo mientras lucho por vencerlo. Esa imagen exige mantener la guardia y permanecer en un estado de alerta continuo, en el que no se puede desfallecer.
Es muy cansado, ¿no?
Y, al parecer, tampoco ayuda.
La evidencia sugiere que algunas de las estrategias más eficaces para mejorar el bienestar durante un tratamiento contra el cáncer son las técnicas de reducción del estrés, no vivir en alerta permanente, que viene siendo muy parecido a vivir en un estado de sufrimiento.
Estar en sufrimiento es vivir atrapados en el estrés, la ansiedad, la vigilancia, el miedo, el enojo, la culpa, la duda, la vergüenza, la frustración, la comparación, la impotencia, la confusión, la euforia, la desesperanza o la obsesión, entre muchos otros estados.
Cuando me imagino luchando contra el cáncer como si estuviera en una guerra, me veo agotada, sin dormir, preocupada, supervisando cada señal y acechando al enemigo. Es muy parecido a lo que sucede cuando intento dominar los pensamientos que me afligen o cuando me aferro a los que me exaltan.
Me mantengo en alerta, convencida de que, si logro controlar lo que pienso, encontraré la solución. O, por el contrario, me dejo llevar por los pensamientos y quedo a la deriva.
Pero ninguno de los dos extremos me saca del sufrimiento. En uno permanezco atrapada en la ansiedad; en el otro, en la impotencia.
En esa dinámica, nos convertimos en soldados ansiosos que quieren controlar y atacar, o en soldados derrotados que viven en la desesperanza. Sin embargo, la salida no está en ninguno de esos lugares.
El cáncer requiere atención médica, decisiones y tratamiento, pero eso no significa que yo tenga que convertir mi mundo interior en un campo de batalla. Puedo cuidar mi cuerpo sin vivir luchando contra él. Puedo atravesar el tratamiento sin permanecer constantemente en guardia.
Con los pensamientos ocurre algo parecido. No necesitamos combatirlos, controlarlos ni rendirnos ante ellos. Tampoco tenemos que analizarlos, corregirlos o reemplazarlos inmediatamente por otros más agradables.
Podemos observarlos sin involucrarnos y dejarlos pasar.
Observar no significa desentendernos de la vida. Significa dejar de añadir una guerra interna a lo que ya está ocurriendo.
El pensamiento puede decirme que debo ser fuerte, que no puedo desfallecer, que algo terrible sucederá o que no voy a poder con esto. Pero no tengo que obedecerlo ni derrotarlo.
Puedo simplemente reconocerlo:
Ahí está ese pensamiento.
Es un pensamiento, no una verdad.
Y dejarlo pasar.
Quizás la verdadera fortaleza no consista en luchar todo el tiempo, sino en aprender a estar presente con lo que es, cuidar de mí y atravesar el dolor sin convertirlo también en sufrimiento.
¡Nos vemos el próximo domingo!
Karen





Hola, Karen.
¡Qué maravilla!
Muchísimas gracias por poner palabras tan honestas y necesarias a una idea que solemos aceptar sin cuestionarla: que siempre tenemos que luchar.
“Quizás la verdadera fortaleza no consista en luchar todo el tiempo, sino en aprender a estar presente con lo que es.”