Gracias por estar aquí. Si es la primera vez que me lees, aquí escribo sobre lo que he aprendido para sufrir menos y también sobre cuando sigo sufriendo.
Estas reflexiones nacen de mi interpretación de las enseñanzas de Oneness y de mi propia experiencia.
Me siento algo hipócrita escribiendo esto porque soy muy criticona, sobretodo conmigo; por eso me gustaría poder anestesiar ese hábito pero el ruido de la mente dice lo contrario.
Probablemente, de pequeña aprendí a juzgar para salvarme de alguna amenaza. Además, ver “oportunidades de mejora” es algo que hago habitualmente en mi trabajo. Literalmente, me pagan para indicar en qué puede mejorar una empresa.
Pero, en el ámbito de las relaciones, incluida la relación conmigo misma, eso puede ser desgastante y poco funcional.
Veo a alguien e, inmediatamente, la mente susurra: “Ay… ¿cómo se le ocurre hacer algo así?”. O decir eso. O ponerse eso. O publicar eso. Bla, bla, bla.
No es que lo ande expresando, pero ocurre. Esta semana, por ejemplo, grabé un video y, en lugar de ver lo bien que había hablado, me quedé obsesionada con un botón mal puesto en la blusa y con mis dientes. Ahora parece que todo el mundo tiene los “dientes Hollywood” y los míos… al menos, según ese ruido que me molestaba, no lucen del todo así.
Mira el botón de la blusa.
¿Cómo grabas con el botón mal puesto?
Los dientes no están alineados.
Deberías volver a ir al dentista.
Bla, bla, bla.
Por favor… vean el botón 😰
Pero, en esa ocasión, el botón no era lo importante, no iba a tener una sesión de fotos de modelaje y, además, ya había invertido muchas horas grabando. Eso era lo que realmente importaba.
En parte, tenía razón esa mente obsesiva, compulsiva y juzgona (con cariño, la llamaremos mente protectora o emocional). En efecto, el botón estaba mal puesto. Pero hacerle caso a sus indicaciones no iba a mejorar mi día; al contrario, me iba a frustrar y llenar de ansiedad.
Lo mismo ocurre cuando juzgamos severamente a otros. Hacerlo, nos carga de emociones reactivas que no quisiéramos y contraproducentemente, hace que nos identifiquemos con más pensamientos agotadores.
Esto no quiere decir que vayamos a pasar por alto circunstancias o comportamientos que consideremos inaceptables en otras personas. Pero una cosa son los hechos y otra, el juicio.
Un hecho no necesita crítica, necesita acción.
Si alguien cruza un límite, podemos detenerlo. Si alguien nos falta al respeto, podemos contestar. Si algo necesita cambiar, podemos decirlo. Todo eso puede hacerse sin quedarnos atrapados durante horas en la historia mental de lo terrible, egoísta, irresponsable o insoportable que es la otra persona.
Juzgar en realidad no “mueve la aguja”, solo genera sufrimiento.
He de decir que me siento como el catedrático que enseña algo que no práctica porque este es uno de mis talones de Aquiles pero escribiendo esto, soy capaz de observar los pensamientos:
¿Cómo te atreves, si tú no lo haces bien?
¿Por qué escribes de esto? Eres una falsa.
Y bueno, los observo, los dejo pasar y recuerdo que, en este preciso momento, en el que estoy abriendo mi corazón y compartiendo esto con ustedes, ese ruido no me sirve y, que son…
solo pensamientos
¡Nos vemos pronto!






