
Gracias por estar aquí. Si es la primera vez que me lees, aquí escribo sobre lo que he aprendido para sufrir menos y también sobre cuando sigo sufriendo. Hoy escribo sobre cuándo sufro porque creo que todo debe ser un proceso de mejora continua.
Lo que comparto nace de mi interpretación de las enseñanzas de la Oneness y de mi propia experiencia.
Llevo un año con este proyecto: el proyecto de reinventarme, darle un giro a mi carrera y atreverme a escribir y hablar sobre lo que he aprendido para sufrir menos mientras, como pueden leer, sigo sufriendo 😅.
Como buena mujer overachiever, productiva, exigente y perfeccionista, me he pasado un año investigando cómo presentar el contenido en diferentes plataformas sin realmente producirlo. He estado haciendo lo que se conoce como benchmarking: un proceso estratégico de gestión en el que una empresa mide, compara y analiza sus propios indicadores de desempeño frente a otros líderes del sector.
El problema con mi benchmarking es que el universo es infinito. Literalmente, puedo encontrar oportunidades para mejorar cada cinco segundos, porque el ruido también es eterno. Entonces, como buena perfeccionista, en lugar de avanzar, me paralizo.
Cada video, cada artículo y cada podcast se convierten en una oportunidad para hacer benchmarking y, por lo tanto, para mejorar-me. El descubrimiento se vuelve más interesante que el proyecto y puedo pasar horas atrapada en el análisis-parálisis.
Entonces me confundo. Entre tanto ruido, ya no sé quién soy. ¿Soy la persona seria del ambiente corporativo o soy la que hace bromas con sus amigas? ¿Soy la que se viste de manera casual o la que se viste para la oficina? ¿Soy la que ama la naturaleza o la que disfruta de un buen hotel? ¿Soy la que sigue sufriendo o la que sufre menos?
Mi proceso de mejora continua se vuelve agotador. Estar comparándome “por estrategia” no funciona. Además, nunca sabré la historia ni el contexto de las personas que utilizo como referencia. Cada quien muestra lo que quiere mostrar, por más vulnerables y honestos que nos permitamos ser.
Además, resulta que, en realidad, puedo ser todas esas personas que me cuestiono. Puedo verme seria, risueña, corporativa o casual. Quien me encasilla es la mente, no yo. Un paisaje no deja de ser paisaje por estar en invierno, otoño o verano. De la misma manera, nosotros no dejamos de SER por cambiar de faceta.
La comparación es inevitable porque forma parte de nuestro sistema de supervivencia. De alguna manera, compararnos nos vende la ilusión de que estamos a salvo. Seguimos actuando como si viviéramos en una tribu: queremos pertenecer, evitar el rechazo y asegurarnos de no quedar fuera.
Mi comparación infinita pretende salvarme del bochorno y garantizarme el éxito, pero todos sabemos que eso no funciona así.
Entonces… ¿cómo sufro menos?
La verdad es que sigo sufriendo con el tema, y bastante seguido, pero ahora soy más consciente.
Cuando me doy cuenta de que estoy entrando en una espiral de comparación, intento detenerme, respirar y repetirme:
ESTOY A SALVO.
No siempre funciona, pero, de vez en cuando, me permite publicar algo sin pensar tanto en el qué dirán.
¡Nos vemos pronto!
Karen



